Aunque no termines de asumirlo cualquier día la vida puede dar un giro extremo. Todo lo que crees que es imperturbable se puede escurrir y puede serpentear hasta desaparecer. Ese “hasta mañana” se puede convertir en un “ya no volverá jamás”.
Vivimos el presente para el futuro y desvirtuamos el Carpe diem sumergiéndolo en el frenesí de un ritmo vertiginoso. Deberíamos aprovechar cada instante y, sobre todo, dedicar cada día, al menos unos minutos, a la reflexión. ¿Estoy exprimiendo mis posibilidades actuales? ¿Me eximo de participar activamente en mi propia vida? ¿Estoy alienado? ¿Qué he hecho hoy y por qué? ¿Por qué es bueno o malo preguntarme por qué he hecho hoy ciertas cosas? ¿Aprecio mi entorno y su belleza? ¿Realmente estoy BIEN, o es una palabra que he usado tantas veces para describir mi estado de ánimo vagamente que ya desconozco su significado puro? En fin, las preguntas esenciales y las respuestas volátiles que se fraguan cada anochecer.
Ese momento en que uno se sumerge en una burbuja al vacío y busca la respuesta al infinito interrogante cotidiano es el regalo de cada día. Poder hacer las cosas y preguntarse acerca de ellas y sobre lo que uno ha experimentado realizándolas. Poder compartir las experiencias y lo que nos han hecho sentir es el regalo único de la vida. Compartir un viaje en tren cuyo punto de salida no escogimos y cuyo final desconocemos. Pero COMPARTIR, al fin y al cabo, con los pasajeros que suben para quedarse, aunque algún día, como todo mortal, dejen de estar, así como COMPARTIR con los que viajarán por un tiempo indeterminado.
A veces uno se siente solo en el asiento aterciopelado del tren porque alguno de sus compañeros de viaje lo ha abandonado quizás para siempre. Y aún así le quedará el paisaje que se ve desde la ventana, una libreta en blanco para imaginar sobre ella y algún viajero que en otro vagón busque una mano a la que aferrarse.
PD: Lo de Rachmaninoff viene a cuento, al menos para mí. Véase http://www.youtube.com/watch?v=kj3CHx3TDzw&feature=related
B.B.